¿Qué es lo que hace el autor?
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¿QUÉ ES LO QUE HACE EL AUTOR? [1]


por Lelio Fernández Druetta (q.e.p.d.)

 

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Tercera experiencia. Universidad del Valle. Curso sobre la ética de Aristóteles. Estudiantes inteligentes, despiertos, interesados. La mayor parte de los informes de lectura de la Ética a Nicómaco eran escritos invertebrados, sin un orden perceptible o conjeturable. En un momento de inspiración o de desesperación, el profesor dice algo así: «¡Basta! Ahora vamos a leer el texto de una manera diferente. Párrafo por párrafo, lentamente, en silencio».

Después, nos preguntaremos qué hace Aristóteles en cada párrafo. «Qué hace. No qué dice». Dicho y casi hecho. Al principio, desconcierto. La inercia con la que llegaban desde los años de escuela básica y de bachillerato los impulsaba a decir: Aristóteles dice, Aristóteles afirma que, Aristóteles piensa tal o cual cosa… Pero les costaba precisar algo como esto: en este párrafo anuncia que tratará un tema (estaba prohibido decir cuál era); en este otro, recoge opiniones; en el siguiente, las critica; en el que viene después, argumenta…

Después de unas cuantas clases de este ejercicio, los informes de lectura comenzaron a ser vertebrados. Los comentarios en clase, también. Y todo, porque la lectura había comenzado a descubrir que un escrito es un texto, es decir, un tejido. Algo hecho según propósitos, con intenciones, con un orden calculado para producir tales o cuales efectos en quienes lo leyesen.

Un tiempo antes, Ernst Tugendhat, profesor de filosofía en la Universidad Libre de Berlín, había estado durante algunas semanas en la Universidad del Valle, dictando un seminario sobre el libro de Kant, Fundamentación de la metafísica de las costumbres.

Participamos profesores y estudiantes de filosofía. Tugendhat nos hizo numerar los párrafos. Después, repartidos los párrafos, a cada uno le tocaba decir, con la mayor precisión posible, qué decía Kant en cada párrafo y cómo se vinculaba lo que decía allí con lo que había dicho en el párrafo anterior. No permitía divagaciones, ni referencias a otros escritos, del mismo Kant o de otros autores. Terminadas las sesiones, pasaba horas y horas en una oficina, entrenando en ese ejercicio a estudiantes. Uno por uno.

Ya de regreso en Berlín, envió una carta amable de evaluación. En ella decía, entre otras cosas, que todo postgrado tenía que comenzar con dos semestres completos, o por lo menos uno, con ese ejercicio de aprender a leer, y con el minucioso ejercicio de tutoría de los profesores, con cada estudiante, para ese mismo ejercicio. Sin eso —decía la carta— los postgrados no son sino una extensión del pregrado.

A esto de Tugendhat, con lo que estoy de acuerdo (haciendo que el ejercicio del «qué hace» preceda al ejercicio del «qué dice»), añado una pregunta: ¿por qué no comenzar antes? Ese ejercicio ya es tardío en los postgrados. Y hasta lo es en el ingreso a la universidad. Estoy de acuerdo con George Steiner cuando dice que «la universidad es el lugar en el que se aprende a leer» (y en todos los programas de pregrado, de matemáticas, de economía, de derecho, de literatura y de cualquier cosa). Pero en boca de Steiner eso quiere decir algo muy complejo.

Ya oigo lo que me quieren objetar: en la escuela todo tiene que ser como un juego, placentero, sin esfuerzos. Yo respondo: ¿no nos damos cuenta de que los juegos son serios, son todo un trabajo?

Los juegos de los niños y los otros. Déjenme decir que no comparto para nada las convicciones de que todo en la escuela tiene que proponerse como placer inmediato. La escuela es un camino hacia placeres cada vez más variados. Si no se va formando el hábito de saber postergar satisfacciones momentáneas, en vista de satisfacciones más complejas, más plenas de humanidad, no se logrará nada parecido a un carácter, en el fuerte sentido ético que tiene el término. También el ejercicio de la lectura y de la escritura ha de ser una contribución ética.

 

NOTAS DEL EDITOR:
[1] Según los doctores Richard Paul y Linda Elder, de la Fundación para el Pensamiento Crítico, “para leer productivamente, el propósito del lector al leer debe tener en cuenta la intención del autor al escribir”. Una propuesta en este mismo sentido nos hace el Dr. Lelio Fernández Druetta (q.e.p.d.) en este corto, pero interesante, artículo: antes de analizar qué es lo que nos dice el autor, debemos precisar lo más claramente posible cuál es su intención o propósito, qué hace el escritor en cada párrafo del texto.

CRÉDITOS:
Artículo escrito por el Dr. Lelio Fernández D. y publicado en Eduteka en 2013. El profesor Fernández hizo estudios de filosofía y de psicología en Córdoba, en Rosario (Argentina) y en Italia. Fue profesor y director del Instituto de Antropología en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Rosario. Se jubiló del Departamento de Filosofía de la Universidad del Valle y posteriormente fue decano de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad Icesi. Publicó, en asocio con J. P. Margot, una traducción con notas y comentarios del "Tratado de la reforma del entendimiento y otros escritos" de Spinoza, además de varios artículos sobre filosofía griega, Spinoza y Psicoanálisis.

 

Publicación de este documento en EDUTEKA: Junio 01 de 2013.
Última modificación de este documento: Febrero 27 de 2021.

 

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Autor: Lelio Fernández Druetta
Documento Impreso: 2022-09-29 03:26:00 | 393