Acepto las condiciones: usos y abusos de las tecnologías digitales
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ACEPTO LAS CONDICIONES
USOS Y ABUSOS DE LAS TECNOLOGÍAS DIGITALES

 

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INTRODUCCIÓN. HE LEÍDO Y ACEPTO LOS TÉRMINOS Y CONDICIONES DE USO [1]
¿Por qué los ejemplos citados son diferentes a otras formas tradicionales de ejercer influencia o propaganda?

Power pushes asymmetrical communication forward: the higher the degree of asymmetry the greater the power
Byung-Chul Han, 2017 [2]

Ignorance is strength
George Orwell, 1984 [3], 2009

Vivimos en la era de los datos masivos. Inteligencia artificial y algoritmos nos sugieren por dónde conducir, qué libro nos puede interesar o cómo traducir un texto. Sin embargo, la inteligencia artificial plantea un divorcio entre la capacidad de realizar una tarea de manera exitosa y la necesidad de ser inteligente para realizarla. Cuando una persona puede prescindir de utilizar su inteligencia, por ejemplo, usando determinados tipos de aplicaciones, entonces ocurre algo contraintuitivo. Las personas se liberan de utilizar ciertas capacidades cognitivas y al mismo tiempo dependen más de aquello que les permite realizar esa tarea. Quizá valga la pena preguntarse si esto nos hace más o menos autónomos y quién gana y quién pierde en este nuevo contexto.

Este libro analiza cuáles son las redefiniciones en cuanto a las viejas y nuevas formas de poder y control que se producen en la era digital. Además, se explora de qué manera estas formas de poder están vinculadas al protagonismo que han adquirido los dispositivos digitales en la vida cotidiana. Las tecnologías no solo producen grandes volúmenes de datos, sino que también redibujan los esquemas tradicionales de autoridad. En este contexto, parece más necesario que nunca tomar distancia de los tecnoentusiasmos imperantes y aprender a pensar autónomamente (sin prótesis digitales ni otras formas de inteligencia asistida). Ello guardará relación con ampliar los espacios para la desobediencia tecnológica y de reflexión crítica, que nos ayudan a comprender los riesgos de una estupidez artificial en emergencia, y actuar en consecuencia.

Durante las últimas décadas hemos observado que muchas de las formas de influencia contemporánea, ya sea política, cultural o comercial, están estrechamente vinculadas con ciertos usos de las tecnologías digitales. El cambio de paradigma actual está atravesado por el poder de los dispositivos tecnológicos y de una gigantesca industria de extracción de datos. Cualquier fenómeno que lo ignore estaría obsoleto, pasado de moda o expuesto a desvanecerse. El protagonismo de las tecnologías se observa en la emergencia de nuevos gobiernos y formas de organización, pero también en repensar los modelos actuales bajo los que se concibe la educación, la salud, la economía, el empleo y una gran cantidad de dimensiones de nuestra vida social.

Con frecuencia las tecnologías digitales se presentan como «neutras», sugiriéndose que en sí mismas no son ni buenas ni malas. Aunque sabemos que pueden ser utilizadas para beneficiar el poder de unos pocos o para generar nuevas formas de colectivismo, parece importante recordar que las tecnologías tienen propiedades inherentes que no resultan neutrales. El desarrollo tecnológico a menudo responde a determinados fines o motivaciones políticas o comerciales de sus creadores, por lo tanto, sus propiedades difícilmente resultan imparciales. Las tecnologías también pueden tener efectos no neutrales, que se producen como resultado del propio diseño de la tecnología. Si las tecnologías benefician a las personas de alguna manera, o favorecen a un grupo sobre otro, su neutralidad es cuestionable. Veremos que internet y las tecnologías derivadas no son herramientas ecuánimes. Las tecnologías no solo pueden afectar las dinámicas de poder en una sociedad, sino que, además, pueden reforzar desequilibrios o asimetrías de poder existentes en la sociedad, algo que Floridi, en el Prólogo, describe como el «poder gris». Lo anterior no impide que las tecnologías puedan utilizarse para fines opuestos. Quizá uno de los ejemplos más evidentes sea internet, la misma herramienta que se utiliza para ofrecer nuevas formas de expresión democráticas, por ejemplo, la Primavera Árabe o las manifestaciones de las minorías sexuales o étnicas, es la misma infraestructura que se utiliza para vigilar y manipular a las personas. Este conflicto de visiones plantea una contradicción propia de un agente doble. Sin embargo, de lo que no hay duda es del creciente poder que adquieren los dispositivos de comunicación (y el uso de datos) en la era actual.

Por otra parte, podemos ver que la era digital plantea nuevos centros y periferias. Eso tiene implicaciones en que se traduce en distintas formas de inclusión y exclusión, que generan profundas repercusiones tanto éticas como sociales. Los circuitos digitales parecen tener cada vez un mayor protagonismo en la vida de las personas. Si bien se repite frecuentemente que internet y la World Wide Web constituyen la infraestructura tecnológica de una sociedad global en red, ¿qué significa eso en términos prácticos? Según Pew Internet, en Estados Unidos, el 95 % de los adolescentes indica tener acceso a un teléfono inteligente, y el 45 % dice estar en línea «casi constantemente» [4]. Otro reporte agrega que el 74 % de los usuarios dice visitar a diario Facebook, y alrededor de la mitad (51 %) admite hacerlo varias veces al día [5]. Si asumimos que estos datos son extrapolables y que los niveles de dependencia son igualmente altos, ¿no será un poco ingenuo creer que estas tecnologías son completamente neutras? ¿Y no deberíamos reflexionar sobre si el uso de internet nos hace más libres o todo lo contrario?

En los albores de internet todo aquello que emergía desde los espacios digitales sería causa o efecto del llamado efecto democratizador de las tecnologías digitales. No hay que olvidar que el origen de la web es el resultado de un conjunto de visiones más bien hippies que profesaban la idea de que todos tendrían voz y un lugar en el espacio (virtual). Internet sería el «ciberespacio» (como se le llamaba) de apertura para los que no habían tenido su lugar en el mundo analógico. Plataformas como la World Wide Web, Wikipedia, el movimiento de software libre o las licencias de Creative Commons representaban los principios más fundamentales de la apertura, la inclusión y la diversidad que ofrecería la promesa de una internet al servicio de la humanidad. Se llegó incluso a pensar que internet sería un espacio neutral donde todas las fallas de la sociedad podrían desvanecerse.

Este poder democratizador fue ensalzado por distintos observadores al destacar, por ejemplo, la inserción del movimiento guerrillero Zapatista de México en el mundo de internet. A fines de los 90 se mostraba este caso como una gran revolución y una clara demostración de inclusión digital el hecho de que las comunidades indígenas, desde la selva lacandona, pudieran acceder y apropiarse de los nuevos circuitos digitales. Algo similar vimos también a comienzos de esta década con la llamada Primavera Árabe, donde se reinventaban los usos de las redes sociales para dar voz a los pueblos oprimidos del Medio Oriente, quienes utilizarían estos canales digitales para organizarse y demandar cambios o mejoras en las políticas de sus gobiernos. Pero también está el otro lado de la moneda. Por ejemplo, de igual forma surgieron las horrorosas imágenes del Estado Islámico, que utilizó YouTube para llevar un mensaje de una violencia perturbadora a los cinco continentes. Esta dualidad de servir a causas nobles, pero también a otras horrendas, es lo que evidencia la emergencia de nuevas formas de poder e influencia en los circuitos digitales. ¿Quiénes ganan y pierden en este escenario?, ¿quiénes son los nuevos intermediarios?

Por ejemplo, hace cerca de 10 años se vivió en Estados Unidos el furor de las redes sociales que se convertirían en una plataforma clave para transformar a Barack Obama en mucho más que un candidato a la presidencia. Su discurso por el cambio («Yes We Can») generó gran fervor en este país, pero también en los jóvenes de distintos rincones del planeta, convirtiendo rápidamente a este político en un referente del potencial que tendría internet en las campañas políticas. La viralización de su mensaje, la cultura remix que se produjo a partir de sus discursos, así como una gigantesca cantidad de contenidos digitales generados por los propios ciudadanos, serían algunos de los ejemplos de este poder de expresión democrática a través de los circuitos digitales. La televisión que por décadas había sido la reina de la cultura pop, presente en todos los hogares, ahora tendría que ceder parte de su protagonismo (monopolio hasta entonces) a los nuevos entornos digitales. Sin embargo, no pasarían muchos años, apenas un periodo de gobierno más, para que el panorama cambiara de manera drástica. La misma internet que había sido usada para convertirse en la plataforma de expresión ciudadana ahora sería considerada una fuente de manipulaciones (fake news) que amenazaría la transparencia de la democracia norteamericana. Si bien el caso de la campaña de Donald Trump sigue siendo investigado, existen suficientes evidencias como para pensar que intereses externos, combinados con el poder de las redes sociales y una gran capacidad de procesamiento de datos, serían puestos al servicio de la manipulación de la información que llegaría peligrosamente cerca del electorado. Ambos casos son casi antagónicos tanto por los perfiles políticos de los candidatos como por los tipos de campañas que se hicieron, pero no cabe duda de que la gran ganadora de la última década ha sido internet, conquistando cada vez más protagonismo a la hora de influir en el futuro de quien usa la silla presidencial más importante del mundo occidental.

Ya sea para fomentar la democracia, o bien para influir en el comportamiento de otros, el común denominador de estos ejemplos son las formas emergentes de ejercer el poder con especial predominio de los espacios y lenguajes digitales. No sería el acceso a la tecnología, ni el simple hecho de subir un mensaje a internet, sino el poder generar espacios de influencia y resonancia alternativos, nuevas formas de articulación de megacomunidades que adoptan un lenguaje que resuena y se multiplica a escalas y velocidades sorprendentes. En este ejercicio el uso masivo de datos cumple un papel fundamental. Las instituciones, empresas u otros tipos de organizaciones que pueden desenvolverse adecuadamente frente a estas nuevas reglas del juego ganan un creciente protagonismo al transformar las formas tradicionales de ejercer poder.

En este contexto de redefiniciones y de complejas contradicciones es evidente que el sueño hippie, disruptivo y libertario de una internet para todos se ha quedado en las nubes. Durante la última década las apariciones de diferentes denunciantes (whistleblower) que alertan sobre los usos y abusos de poder mediante internet han dado un contundente golpe de timón a la ingenuidad digital de los primeros años. Julian Assange (con el caso de WikiLeaks, a partir del 2006), Edward Snowden (exespecialista de la Agencia de Seguridad Nacional, la agencia de inteligencia del Gobierno de los Estados Unidos en 2013) o Christopher Wylie (exfuncionario de Cambridge Analytica que denunció los escándalos de Facebook, a partir del 2018), ya sean héroes o villanos, cada uno de ellos, entre muchos otros, son un claro ejemplo del fin de la era de la ingenuidad. Cada uno de ellos ha evidenciado cómo internet también es utilizada como una forma de manipulación, vigilancia, abuso y chantaje.

 

¿Por qué los ejemplos citados son diferentes a otras formas tradicionales de ejercer influencia o propaganda?

Quizás un elemento clave y diferenciador es el papel que juegan las tecnologías digitales en la era actual. En un primer momento, la tecnología móvil fue utilizada mayoritariamente para hacer llamadas telefónicas y para enviar mensajes de texto más conocidos como SMS. Pero a partir de la masificación de los llamados smartphone todo cambió. En primer lugar, los teléfonos inteligentes dejaron de ser dispositivos utilizados principalmente para hablar por teléfono y se convirtieron en herramientas de socialización mucho más ubicuas, complejas y versátiles. Poco a poco estos aparatos dejaron de ser exclusivos de los segmentos de mayor poder adquisitivo y se convirtieron en una forma de proyección social independientemente del nivel socioeconómico de sus usuarios, tal como ya había ocurrido previamente con otras tecnologías. Sin embargo, no solamente aumentó la cantidad de personas con acceso a internet, sino que creció de manera sustantiva el espectro de edades de los usuarios, así como la cantidad de tiempo conectados.

El móvil y todos los servicios asociados pasaron a jugar un papel fundamental como herramienta básica para la vida en sociedad. Es imposible listar todos los tipos de uso que hoy en día se hacen del móvil, aunque la ironía está en que las llamadas telefónicas juegan un papel cada vez más modesto dentro de la globalidad de sus funcionalidades. Aunque parece disminuir sistemáticamente el número de llamadas telefónicas tradicionales, ni qué decir del uso de cabinas telefónicas, se migra hacia las llamadas de voz por protocolo de internet con servicios como Skype, WhatsApp, etc. [6] Dejamos de utilizar el teléfono y pasamos a confiar en este aparato o, por lo menos, en toda la información que recibimos de él, para tomar decisiones de distinta índole: buscar, navegar, conducir, contactar personas, servicios o contenidos, y un largo etcétera. No está claro si el móvil forma parte importante de nuestra vida o si nuestra vida es parte del móvil.

Un elemento fundamental aquí es la transformación en los comportamientos de cómo nos relacionamos e interactuamos con los smartphones y los circuitos de información e interacción que estos ofrecen. Las personas crean una suerte de simbiosis con el móvil y otras tecnologías al punto que usuarios desarrollan relaciones muy estrechas con sus dispositivos consideradas exclusivas de los seres humanos (amor, odio, intimidad, etc.).

El uso del móvil resulta tan conveniente que en ocasiones termina por convertirse en un problema, un problema que tiene que ver con la capacidad de definir los límites de cuánto y cómo utilizarlo. Estos límites, como veremos más adelante, generan conflictos de distintos tipos. Los espacios de no uso del móvil son cada vez más escasos. Asimismo, los momentos de silencio sin móvil también lo son. Un ejemplo claro de ello es la creciente cantidad de accidentes automovilísticos generados producto del uso descontrolado del móvil. Es interesante notar en el caso norteamericano, que evidencia el aumento anual, y cómo afecta no solo a los jóvenes, sino también a personas de edades más elevadas (más de 60 años). En ese país, un 69% de los conductores admiten haber utilizado sus teléfonos mientras conducían [7]. En definitiva, la capacidad de concentración de las personas se ve mermada debido a la hiperconexión y al bombardeo de información a los que están expuestos los usuarios [8].

Cuando me tocó visitar por primera vez la ciudad de Seúl, en Corea del Sur, quedé realmente impresionado. No solo por el nivel de masificación que tiene el uso de los móviles en ese país, no solo por observar que una buena parte de los pasajeros del metro estaban consumiendo televisión en línea a través de las pantallas de sus móviles acompañados de una pequeña antena portátil, sino porque el hecho de visitar una cultura diferente me ayudó a pensar en cuál era el panorama que se nos viene encima. Todos conectados al móvil y al mismo tiempo desconectados entre sí, no era posible tener un contacto visual con nadie, los ojos de todos estaban «clavados» en sus respectivas pantallas. Esta realidad evidentemente no es exclusiva del país asiático, pues una escena similar se puede observar en el metro de Nueva York, en el autobús de Montevideo o bien en el tren ligero de Berlín.

¿Es esta sobrexposición a los teléfonos inteligentes buena o mala? Probablemente la respuesta dependerá de lo que podamos definir como sobrexposición. A priori da la sensación de que las tecnologías digitales se están humanizando cada vez más (por ejemplo: nos hablan, nos recuerdan y nos sugieren), mientras que la humanidad está tendiendo a volverse cada vez más tecnológica. Pero de todos modos nos hace pensar en el actual horror al vacío digital, o la incomodidad de mantenerse off line por más de 24 horas, que encontramos en la sociedad actual. Esta suerte de incomodidad por el «silencio digital» se observa en cualquier momento o espacio de la vida moderna, ya sea dentro de un ascensor, en la espera del banco, que muchas veces tiene problemas para convencer a sus clientes de no usar el móvil en sus sucursales, o en otros sitios. Si no se generan los espacios para que exista un «silencio digital», es más difícil que haya tiempo para pensar, para reflexionar o simplemente para hablar con uno mismo. El fervor actual por la sobreconexión hace creer que mientras más información se consume, más al día se está con la sociedad actual, algo que no es a costo cero. Si los ciudadanos son simples consumidores de contenidos generados por otros, es probable que el consumo los termine por consumir. Dicho de otra manera, el tener a un sujeto consumiendo todo el tiempo contenidos, produciendo tráfico digital, generando flujos interminables de clics o regando sus datos por todos lados resulta un panorama perfecto para quienes se lucran con nuestra atención en los circuitos digitales está claro que esto genera una situación de bienestar y poder a quienes construyen estos espacios de tráfico digital, pero también evidencia nuevas asimetrías.

Ignorar al resto es parte de la nueva normalidad. Ya casi no nos llama la atención el ver sujetos caminando por la calle o comiendo en un restaurante mirando exclusivamente a sus teléfonos. Esta realidad es parte del paisaje actual. Como esto preocupa a algunos, hay ciudades que han decidido poner señaléticas para advertir a los usuarios sobre los riesgos de su sobrexposición a las pantallas. Si bien los riesgos de sobrexposición aún están siendo estudiados, parece oportuno pensar que las problemáticas van más allá del hecho de tropezarse, de sufrir un accidente en el transporte o simplemente de dejar caer el móvil por caminar distraídos.

Estos sujetos que consumen en todo momento y lugar sus móviles son llamados «smartphone zombies». Esta categoría no distingue entre sexos, edades ni estratos socioeconómicos. El factor distintivo es que son personas que viven (o sobreviven) al servicio de su teléfono. En vez de la retórica, propia de los orígenes de internet, que hablaba de sujetos empoderados mediante el uso de tecnologías digitales, hoy encontramos individuos que necesitan de su pantalla, de acceso a internet y de electricidad para las baterías de sus aparatos en todo momento y lugar. En vez de personas con más poder, más bien vemos cada vez más «smartphone zombies» preocupados por estar al día de todas las novedades que se comentan en los espacios digitales.

El primer paso para no ser manipulado está en entender las formas de poder, control y dependencia que hoy existen.

Curiosamente, a pesar del incansable flujo de información al que estamos expuestos, ello no necesariamente nos hace más críticos ni se traduce en una mayor comprensión de la realidad. Es decir, se genera una «pseudoignorancia o amnesia digital», en la que estamos desbordados de datos, actualizaciones y mensajes cortos. Pero participar de este flujo interminable de datos guarda poca relación con ser capaz de analizar o darnos cuenta del enjambre de intereses y redefiniciones que las tecnologías traen consigo. Parece engendrarse una nueva forma de ignorancia que no se crea en la censura al saber, sino en el hecho de estar anestesiados ante un teléfono «inteligente» que nos llena de microactualizaciones que ocultan lo sustantivo en un flujo interminable de ruido (spam, likes, tweets, selfie, etc.).

Nuestra capacidad para tomar decisiones es fundamental para darle sentido a nuestra vida. Esta capacidad de decidir es esencial para la vida en sociedad, para la democracia. Por ejemplo, definir la propia identidad individual es el resultado de tomar innumerables decisiones permanentemente, desde decisiones triviales como qué película ver o a qué restaurante ir a comer, hasta elecciones mucho más importantes como por quién votar en las próximas elecciones e incluso decidir con quién pasar nuestras vidas.

Pero la verdad es que las decisiones también pueden ser una carga. Nuestra capacidad cognitiva para investigar y tomar las mejores decisiones es limitada. En la vida moderna, el hecho de tomar sesudas decisiones deliberadas a menudo puede ser abrumador. Es por eso por lo que en distintos momentos muchos eligen no elegir, es decir, optar por opciones predeterminadas, gracias a lo cual nos ahorramos el coste, la responsabilidad o la energía que implica tomar decisiones. Al establecer esas opciones, las organizaciones, tanto gobiernos como empresas, adoptan los resultados por defecto. De este modo, con esta práctica los ciudadanos decidimos no pensar y cedemos parte de nuestra autonomía a un tercero.

Tal como indica Sunstein [9], «eligiendo no elegir» es lo que hacemos la mayoría cuando aceptamos los servicios en línea de forma predeterminada. Nuestra sobrecarga diaria nos lleva a transferir esas atribuciones a los sistemas digitales (motor de búsqueda, red social, servicios de recomendaciones, etc.). Dejamos de usar las tecnologías y pasamos a confiar en ellas. Aquí es fundamental comprender el valor de la elección, y lo que sucede cuando esas decisiones, muchas veces muy personales, se ponen en manos de servicios en línea que suelen estar influenciados por intereses comerciales o no del todo transparentes.

La tentación de reducir nuestra capacidad cognitiva puede tener profundas consecuencias. Estamos apenas en el génesis de comprender el impacto de adoptar las configuraciones predeterminadas (por defecto) de los servicios que usamos. Hay importantes preguntas por explorar: ¿cuáles serán los efectos a largo plazo de limitar nuestras opciones?, ¿afecta nuestra capacidad para tomar buenas decisiones?, ¿quién termina decidiendo por nosotros?, ¿las decisiones tomadas por defecto corresponden al libre albedrío digital? Estos dilemas surgen cuando dejamos de pensar y permitimos que la toma de decisiones basada en datos influya y juegue un papel clave en nuestra vida personal a la hora de comunicarnos con otros, definir nuestras relaciones digitales o al filtrar la información que queremos consumir.

Tal como veremos en las próximas páginas, hoy vivimos en una economía de los datos basada en un sofisticado aparato de vigilancia de extraordinario alcance, que acapara casi cualquier aspecto de la información personal. No solo los datos que las empresas tradicionalmente recopilan como nombre, teléfono o dirección, sino que también historial de navegación, correos electrónicos, mensajes de voz, huellas dactilares, reconocimiento facial o datos de ubicación en tiempo real. La información reunida se puede analizar como unidades observables y medibles, de manera que, una vez procesados los comportamientos, se transforman en datos que, a su vez, se someten a avanzados análisis para luego comercializarse en los emergentes mercados de predicción y de modificación del comportamiento. Todos estos aspectos hacen que sea necesario crear nuevos límites a los datos que las empresas recopilan, además de un mayor control para las personas sobre quién, cómo y cuándo se utilizan sus datos personales [10].

Algunas de las interrogantes que exploraremos en este libro son: ¿es la innovación tecnológica un fin en sí mismo o es un medio para un objetivo superior?, ¿quiénes se benefician y quiénes se perjudican con los respectivos discursos del cambio y del statu quo?, ¿son las tecnologías suficientes para favorecer un cambio en nuestras formas de pensar?, ¿el uso de las tecnologías digitales nos hace más libres o simplemente nos ofrece un menú prediseñado de opciones?, ¿cuáles son los dilemas éticos que se evidencian en el contexto digital? Vivimos en la era del hiperpositivismo digital donde todo es medible y cuantificable («dataísmo»). ¿La era de los datos masivos nos acerca a la verdad o es solamente un espejismo tecnofílico?

Este trabajo se articula bajo tres ejes que, según cómo se interpreten, ofrecerán una visión optimista y utópica o una visión pesimista y distópica del futuro más inmediato. Los tres ejes de análisis son:

Parece necesario mejorar la coordinación entre los retos que presenta el panorama tecnológico y cómo se educa a la sociedad para enfrentar estos desafíos. Una mala o pobre coordinación entre estos dos mundos podría presentar serios desafíos. Hay una creciente ansiedad por el desarrollo de las tecnologías en el horizonte más cercano. Es fundamental desarrollar habilidades a prueba de futuro, no limitadas a ciertas herramientas, instrumentos o metodologías y adaptables a diferentes contextos y actualizables durante el aprendizaje con otros. En definitiva, favorecer un desarrollo de nuevas capacidades que no están limitadas al aspecto técnico de determinadas herramientas tecnológicas, sino que favorezcan aprender a pensar de manera diferente y permitan enfrentar nuevos problemas desde una perspectiva que va más allá de la instrumental. Una mejora en la alfabetización digital crítica guarda relación con entender que ser digitalmente competente es más que obtener «habilidades tecnológicas aisladas». A medida que la sofisticación tecnológica aumenta es esencial que los ciudadanos piensen de manera crítica y autónoma, especialmente cuando se vislumbra que las tecnologías son entrenadas para tomar decisiones en vez de las personas. Hoy se requiere de una gama mucho más amplia y robusta de programas y oportunidades de educación y desarrollo de habilidades que permitan responder a un panorama muchísimo más complejo que el actual.

La estructura de este texto busca evitar reduccionismos. Según el tipo de trayectoria que se siga con la lectura puede transitarse desde el optimismo (utopía) a la tragedia (distopía) o simplemente desde el diagnóstico a la reacción (posible). La lectura es a medida y a gusto del lector. No hay recetas ni doctrinas que puedan instalarse de manera tan sencilla como una actualización en su sistema operativo. El objetivo último es reflexionar desde una perspectiva crítica y abierta sobre las consecuencias de la masificación de las tecnologías y su impacto en las nuevas formas de poder y control de la sociedad actual.

 

 

AGRADECIMIENTOS

PRÓLOGO. EL NUEVO PODER GRIS

INTRODUCCIÓN. HE LEÍDO Y ACEPTO LOS TÉRMINOS Y CONDICIONES DE USO

1. LAS BRECHAS Y ASIMETRÍAS SE DIVERSIFICAN

2. CAMBIAN LAS FORMAS DE EJERCER EL PODER Y EL CONTROL

3. REPENSAR LAS FORMAS DE INCLUSIÓN

4. SALIR DE LA ERA DE LA INGENUIDAD

5. ESTO NO CONCLUYE

GLOSARIO

 

NOTAS:

[1] Nota de Eduteka: El polémico documental de Netflix “The Social Dilemma” (septiembre 9, 2020), escrito por Davis Coombe, Vickie Curtis & Jeff Orlowski, está suscitando reflexiones similares a las que Cristóbal Cobo planteó en 2019 en el libro “Acepto las Condiciones”, cuya introducción reproducimos en este artículo. El documental alerta, en la voz de ex trabajadores de las principales compañías de redes sociales (Google, Facebook, Twitter, Pinterest, Instagram, etc), sobre el poder que acumulan estas empresas y los riesgos de su forma de actuar para la salud mental de las personas y para la democracia.  

[2] Byung Chul Han, In the Swarm. Digital Prospects, vol. 3 (MIT Press, 2017).

[3] George Orwell, Nineteen eighty-four (Everyman’s Library, 2009).

[4] Monica Anderson y Jingjing Jiang, «Teens, Social Media & Technology 2018», Pew Research Center: Internet, Science & Tech, 31 de mayo de 2018.

[5] Aaron Smith y Monica Anderson, «Social Media Use in 2018», Pew Research Center, Pew Research Center: Internet, Science & Tech (blog), 1 de marzo de 2018. 

[6] James Titcomb, «Phone calls a thing of the past as Britons use smartphones for everything but phoning - Telegraph», The Telegraph, 2015.

[7] Ashley Halsey, «Distracted Driving: 9 Die, 1,060 Hurt Each Day, CDC Says», Washington Post, 2014.

[8] Timothy M. Pickrell y Hongying (Ruby) Li, «Driver Electronic Device Use in 2016», junio de 2017.

[9] Cass R. Sunstein, Choosing Not to Choose: Understanding the Value of Choice, 1.ª edición (Oxford: Oxford University Press, 2015).

[10] Shoshana Zuboff, «Big other: surveillance capitalism and the prospects of an information civilization | SpringerLink», Journal of Information Technology 30, n.o 1 (2015): 75-89. 

 

CRÉDITOS:
Reproducción sin cambios de la Introducción del libro “Acepto las condiciones: usos y abusos de las tecnologías digitales”, escrito por Cristóbal Cobo y publicado por Fundación Santillana bajo licencia Creative Commons (BY-NC-SA). Usted es libre de: Compartir: copiar y redistribuir el material en cualquier medio o formato; Adaptar: remezclar, transformar y crear a partir del material. Bajo los siguientes términos: Atribución: Usted debe darle crédito a esta obra de manera adecuada, proporcionando un enlace a la licencia e indicar si se han realizado cambios. No Comercial: Usted no puede hacer uso del material con fines comerciales o de lucro. Compartir Igual: Si usted mezcla, transforma o crea nuevo material a partir de esta obra, usted podrá distribuir su contribución siempre que utilice la misma licencia que la obra original. El licenciante no puede revocar estas libertades en tanto usted siga los términos de la licencia. Este libro se puede descargar en: https://www.aceptolascondiciones.com  
Cómo citar este libro: Cobo, Cristóbal (2019): Acepto las Condiciones: Usos y abusos de las tecnologías digitales, Fundación Santillana, Madrid.
Cristóbal Cobo trabaja en la intersección entre tecnología, conocimiento y sociedad y ha publicado otras cuatro obras, todas de acceso libre: Planeta Web 2.0 (2007), en coautoría con Hugo Pardo; Aprendizaje Invisible (2011), publicada junto con John Moravec; Innovación Pendiente (2016); y Expandir la universidad más allá de la enseñanza remota de emergencia (2020), publicada con Hugo Pardo. Además es investigador, consultor y un activo productor de conocimiento científico. Actualmente dirije el Centro de Estudios Fundación Ceibal, en Uruguay, y es investigador asociado del Instituto de Internet de la Universidad de Oxford, Reino Unido. Ha sido distinguido por el Consejo Británico de Investigación Económica y Social (ESRC) y posee un PhD cum laude en Ciencias de la Comunicación por la Universitat Autònoma de Barcelona. Se considera un viajero incansable, y ha impartido conferencias en más de 30 países. Aunque investiga y trabaja sobre temas relacionados con las tecnologías digitales sigue leyendo en papel, y como los de la Generación X escribe en el móvil con una sola mano. Es un entusiasta crítico de la tecnología.

Publicación de este documento en EDUTEKA: Septiembre 24 de 2020.
Última actualización de este documento: Septiembre 24 de 2020.

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Autor: Cristóbal Cobo
Documento Impreso: 2020-12-05 04:31:40 | 438